Abdallah Taïa, los muchos Marruecos y una zona libre

Desde que llegué aquí  había escuchado y leído mucho acerca de un tal Abdellah Taïa. Escritor declaradamente homosexual, más conocido casi por lo segundo que por lo primero, me contaban de varias novelas relativamente fáciles de encontrar y de unos supuestos libros de poemas cuya existencia fantasma no he logrado aún volver tangible. Escritor marroquí residente en París, leía sobre él en periódicos y revistas, escuchaba su nombre en conversaciones.

Hasta hace un par de semanas, la verdad, no había encontrado la ocasión de empezar uno del par de sus libros que tenía esperándome en el montón de “pendientes”.

Leí, me interesó. Y por esas cosas de las coincidencias, el pasado jueves mi librería rabatí favorita (que resiste ahí cerquita de la entrada de la medina, albergando en un lúcido caos todo tipo de cosas bajo el sugerente nombre de Kalila wa Dimma) organizaba una presentación de su último libro.

Los que nacimos en un tiempo en el que se nos dice todo el tiempo que revolución era lo que la generación de nuestros padres hizo a nuestra edad, tenemos a veces una extraña nostalgia de lo que no conocimos. Como si no hubiera cosas que abatir en este otro siglo, suspiramos a veces -en secreto y con culpa- por un tiempo que nos hubiera permitido soltar la rienda de nuestras ganas de gritar. Qué sé yo.

El caso es que, de alguna manera, vivir en un país como este te permite ahogar en ocasiones esos ridículos, intempestivos, suspiros.

Creemos, defendemos cada día, la escritura como espacio de libertad, las reuniones literarias como lugares en los que hablar, metáfora mediante, de todo lo que importa. Por eso damos recitales, vamos a festivales, organizamos otros y nos empapamos cada vez que hay ocasión de la magia de esa clase de comunicaciones.

El otro día, en la presentación de Le jour du roi, vi, como quien en una revelación ve el fondo de sus orígenes, algo que ya sabía pero no había podido vivir: de dónde venimos cuando hacemos eso.

Aquí, ese encuentro fue una zona libre.

Frente a la hipocresía imperante, el miedo que reina, la contención que azota, la mentira que invade: ese tiempo fue una zona libre.

En el sutil equilibrio entre quienes estaban allí y quienes no, entre lo que pasaba, no pasaba y pasaba sólo entre líneas, se dejaban leer muchas cosas. Los distintos Marruecos que habitan y conforman este Marruecos que se disfraza de ser unívoco, los caminos por los que se adentra, los márgenes en los que se atreve a dibujar.

El público era una mezcla que no habría tenido muchas otras ocasiones de darse. Un tercio, mujeres entre los cuarenta y los sesenta, recién venidas de la peluquería, lectoras voraces, respondonas, ansiosas por intervenir quitándose la palabra con algo entre la camaradería y la envidia. Otro tercio, chicos muy o bastante jóvenes, tímidos, vaqueros y camisetas ajustadas, boinas, risas nerviosas y miradas anhelantes. El tercio restante se lo repartían hombres de mediana edad con la cabeza baja, universitarios vestidos a la francesa que más que escuchar se saludaban y, dato que aun no he logrado interpretar del todo, unos cuantos hombres de setenta u ochenta años, elegantes y respetuosos, que respondían con más precisión que nadie a las alusiones literarias. Desproporcionadamente a lo que ocurre del escaparate afuera, sólo una de las asistentes llevaba velo: sentada en el medio exacto de la sala bajo su pañuelo a cuadros negros y blancos, parecía ni parpadear.

Pasaban cosas todo el tiempo, en esa confluencia de mundos.

Pasó que Abdellah hablara de política -la de verdad, la que se hace cada día- como quien canta una nana en un código para iniciados.

Pasó que una mujer se levantara para decir: “tengo un regalo para ti”. Y se pusiera a declamar, con un estilo a la vez estudiado y delicado, la primera página de la novela.

Pasó que un señor de traje y periódico bajo el brazo interrumpiera el coloquio para decir: “yo vine aquí a cambiar de idea. No he leído ninguno de tus libros pero sé quién eres. Y debo decirte que no he cambiado de idea. Eres mierda y tu literatura es mierda”. (Tenía pinta de ser de los malos ese hombre, con su bigote y su modo de irse. Pinta de espía o de esa clase de personas a las que se envía a los sitios para sembrar el caos).

Pasó que una de las universitarias intervino luego para decir: “creo que una crítica como esta muestra que Marruecos ha avanzado. ¡No le ha criticado por se homosexual sino por su literatura!”. Pasó que nadie tuvo el reflejo de responder a eso que cuando alguien admite no haber leído ningún libro de un escritor y luego le dice que su obra es mierda… suele estar hablando de alguna otra cosa.

Pasó que había, como en los parques de atracciones, un fotógrafo haciendo fotos instantáneas que vendía a la salida. No con el escritor, a ver si me explico. Retratos a cada cual, pruebas de que habían estado allí.

Pasó que una chica, sentada en primera fila y en el medio, cogió casi automáticamente, sin aspaviento, el micrófono un segundo para, emocionada, asentir a algo que el invitado había dicho: “sí, sí, en este país para todos es difícil vivir”. Y volvió a posarlo inmediatamente, y todo continuó, y casi ni nos percatamos de que había ocurrido.

Pasó, como habría pasado en cualquier coloquio del mundo, que hubo que debatir si la obra de Tahar Ben Jelloun (como quien dice Cela, como quien dice García Montero o Neruda o qué sé yo) había o no que seguirla leyendo, y cómo, y “no insulte al maestro, soberbio”, y “mate usted al padre, imbécil”.

Pasó que una de las mujeres-arrebata-palabra se empeñó en llamar misógino al autor. Él explicaba: “que en mis novelas haya mujeres que son malas personas no quiere decir que piense que todas lo son”. Ella corregía: “no te estoy llamando misógino, sólo te digo que eres violento”. Él no respondía. Ella pugnaba porque no le arrebataran el micro: “¡quiero leer fragmentos para explicar lo que digo! ¡Hoy es el día contra la violencia contra la mujer!”

Pasaron muchas cosas, mientras se enfriaba el té con pastas (equivalente del vino español).Casi nadie compró libros. Casi todos hicieron preguntas que en el fondo preguntaban: “¿cómo puedo seguir tus pasos?, “¿cómo puedo salir de aquí?”.

Este tipo de actos tienen siempre algo de psicoanálisis colectivo, de búsqueda de curación. Pero lo que allí vi, lo que me llovió por todos los poros, era elevar al cubo cualquier aspiración terapéutica de un ciclo poético español. Allí la gente estaba gritando que hacen falta espacios, que hace falta poder hablar, que hacen falta compañías, igualdad, respeto, intergeneracionalidad, apertura, diferencia, darse la mano entre hombres y mujeres, que hacen falta libros y hacen falta señores que hablen ante un público. Aunque sólo sea para que el público quiera hablar.

Cuando acaba un recital, en Madrid nos vamos de cañas. En Rabat, tras las firmas de rigor, cada cual se fue a su casa. Una diáspora de taxis y de pasos. Yo me fui pensando en qué irían pensando. Si las mujeres-atrapa-micro irían pensando en tiempos mejores. Si los chicos de boinas y risas irían pensando en bares de París. Si los universitarios irían pensando en escribir. Si los hombres irían pensando en vergüenza. En qué narices iría pensando la chica del velo.

Fui pensando también en algo que me llamó mucho la atención: cómo, cuando uno tiene, como era mi caso, la ocasión de mirar desde fuera algo que está ocurriendo, se ve con extremada claridad de qué manera ciertas actitudes están cambiando rumbos. Las pequeñas cosas casi inapreciables en las que, cuando uno parece venir de otro tiempo, se sabe que se está jugando todo.

Quiero decir, por ejemplo: el escritor diciendo en varias ocasiones “lloré”, en un lugar donde los roles de género son alambradas de espino. Diciéndolo sin afectación ni premeditación, respuesta natural a las preguntas. Eso aquí no ocurre. Y ocurrió como si nada.

En cosas así se ve de pronto (se ve, en serio, se puede palpar) una encrucijada entre dos tiempos. Delante de mis ojos vi por un segundo librarse una batalla entre los futuros posibles.

Pero más allá de todo eso, supe que era una zona libre por otro signo. Una zona libre, entendí de repente, es sobre todo un lugar en el que es posible hablar del miedo.

Ocurrió dos veces.

Primero, alguien preguntó: “¿qué siente al estar ahí, tras una mesa, hablándonos de un libro en el que uno de los personajes es alguien con una… bueno… personalidad… tan fuerte como es la del rey Hasán II?”.

Y el escritor respondió: “pues, ¿qué voy a sentir? Tengo miedo, naturalmente, igual que todos vosotros”.

Luego, alguien preguntó: “desde que declaraste abiertamente que eres homosexual, se habla más de ti por eso que por tu obra. ¿No tienes miedo que el Abdellah Taïa personaje aplaste al Abdellah Taïa escritor?”

Y el militante respondió: “No. No puedo permitirme ese miedo. En este país no es fácil ser, ni como homosexual ni como heterosexual. Aún no nos pertenecemos por completo. Siempre hay alguien que dice saber mejor que tú quien eres. Quizá no todo el mundo se dé cuenta, pero cuando hablo de mi homosexualidad no estoy hablando de eso ni de mí. Estoy hablando de todos nosotros. Y mientras sea así, ese miedo es algo que no puedo permitirme”.

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