SOMBRA (bonus track)

[Una versión reducida del relato “Sombra” fue publicado el 6 de septiembre de 2010 en la revista online Deletrea.me (el original completo es inédito hasta su publicación en esta web). La imagen que le acompañaba, y que reproducimos, es obra de Sara Hoshi].

Majorelleok


SOMBRA

—El jardín Majorelle es magnífico. Todos esos árboles, esas flores preciosas… les va a encantar…

Rachid, el taxista, gira siempre la cabeza hacia atrás cuando habla, mirando a los pasajeros. A algunos, eso les pone un poco nerviosos. Ahora están parados en un semáforo, así que a nadie le importa mucho. Enseguida, vuelve a ponerse en marcha.

—…ese jardín es sin duda el mejor sitio de todo Marrakech.

Fuera, la ciudad arde bajo el sol de mediados de julio. Se diría que las casas de adobe rosado van a empezar de un momento a otro a derretirse y quedar reducidas a charcos sobre el asfalto, y que el taxi tendrá que esquivarlos como a los gatos y los niños que no paran de cruzarse en su camino.

Oiga… ¿y allí dentro habrá bastante sombra, no? ¿Se estará fresquito? —pregunta el que parece el padre de la familia que se apiña en asiento de atrás del pequeño coche amarillo, dando unos botes que parecen seguir el ritmo que marca la canción egipcia que suena, no muy nítidamente por otra parte, en el radiocasette.

—Um…. —duda Rachid— Sí, sí, claro. Sí.

—¿Y un café? ¿Hay un café, para tomar algo? ¿Zumos? ¿Zu-mo? ¿Jus d’orange?

—Sí, sí. Un lugar magnífico. El mejor sitio de la ciudad. ¡Les va a encantar!

El cartel del jardín Majorelle no es muy visible. Rachid los deja en la esquina y les indica por donde deben llegar hasta el portón. El padre, sonriendo como puede mientras se seca de nuevo con un clínex los chorros de sudor que le corren por el cuello, saca una moneda de diez dirham. El taxímetro marca 8’40.

—Deje el cambio, no se preocupe.

Rachid, el taxista, pensaba irse ya a comer al snack de la calle de Bab Doukkala, el que sirve los mejores sandwiches de carne picada de todo Marrakech, por solo cinco dirham, y que siempre, siempre, pone unas aceitunas para amenizar la espera. Pero cambia de idea. Tampoco tiene tanta hambre. Hace avanzar despacio el taxi por la calleja que lleva a la puerta de los jardines. La familia que acaba de traer ya está casi adelante del todo de la cola. Un enorme cartel sobre sus cabezas dice: “ENTRADA, 30 DIRHAM / PERSONA”. Un portón abierto flanqueado por dos guardias bien afeitados deja entrever una fuentecilla. Está rodeada de pequeños azulejos de colores.. Un hermano de Rachid, Sayid, que se casó con la hija de un maestro de cerámica, trabaja en Fez tallando teselas para mosaicos, así que Rachid sabe bien cuántas horas y cuántos dolores de espalda y cuántos callos en los dedos cuesta exactamente cada diseño de estrella y cada baldosa de cuadros. De la fuentecilla salen dos débiles chorros de agua cuyo arco va creciendo y decreciendo rítmicamente y que se evaporan casi nada más tocar el suelo. A Rachid le entra sed. Coge de la guantera una pequeña botella de cocacola, ya sin etiqueta, que su mujer le rellena de té todas las mañanas. Pega un buen sorbo.

Un par de chicos jóvenes, de aspecto nórdico, se acercan a la fila de taxis. Rachid posa rápidamente su botella y se las apaña para llamar su atención antes que los demás taxistas. Se suben atrás, los dos. Quieren ir al hotel Gallia, cerca de la plaza de Djema El Fna.

—Claro, claro que sé donde está. Les dejo en la puerta mismo. Y oigan, ¿ los jardines qué tal ¿Se estaba fresquito?

Los dos jóvenes no contestan. Parecen enfrascados en su conversación. También le da la sensación de que, de vez en cuando, se tocan la pierna o la mano. Lo intenta de nuevo:

—Oigan… y… ¿allí hay un café? ¿Un café con zumos? ¿Orange juice?

Definitivamente, están haciendo como que no le oyen. Pasado el cruce del Gran Tazi, les dice que es ahí. No va a llevarles hasta la puerta, finalmente. Aunque la verdad es que no parece que se den ni cuenta. Siguen hablando sin parar. El taxímetro marca 6’35 dirham. Le dan exactamente 6’35 dirham, que recuentan cuidadosamente escrutando las monedas entre risas en la palma de la mano del más alto.

Rachid, el taxista, sacude la cabeza y resopla un poco. El calor pesa sobre los coches, sobre los carros, sobre la poca gente que se atreve a salir a esa hora a la calle. Ya que está por allí, decide comer algo donde Mohamed Benani. Los tajines están secos como si llevaran horas al sol, pero el viejo suele rebajarle algunas monedas y ofrecerle un té si después de comer lo acerca a casa de su hija.

Cuando sale de dejarle a la puerta de la medina pequeña, Rachid, el taxista, mira la hora mientras atraviesa uno de los grandes arcos tallados en la muralla que marcan que está entrando otra vez a la parte colonial de la ciudad. Falta poco para que suene la llamada a la oración. Aparca en una esquina poco transitada y, al resguardo de la puerta abierta del taxi, extiende su alfombra, se descalza, se sacude los pies, hace sus abluciones —sin agua, solo el gesto—, se encasqueta su gorrito de crochet blanco y se concentra en su rezo unos minutos. Cuando termina, se da cuenta de que, efectivamente, están llamando, justo en ese momento, a la oración. Eso le pone contento. Piensa en dirigirse de nuevo a la plaza de Djemaa El Fna, donde siempre hay decenas de turistas esperando un coche que les lleve rápido a algún otro sitio. Pero se dice que siempre hay también decenas de taxistas peleando por que se suban a su coche y tratando de colarles precios tres veces más altos de lo normal.

Se dice también que un hombre, por mucho que rece, debe sobre todo hacerse dueño de su destino.

Por eso, en vez de hacia la plaza, vuelve a poner rumbo al jardín Majorelle.

Apenas ha dado vuelta al pequeño callejón que da entrada al parque y ya hay un matrimonio de franceses, cada uno con un bebé colgando del pecho con un arnés lleno de hebillas, que se abalanza sobre el taxi. Llevan cámaras y botellas de agua mineral. Antes de subirse al taxi, le piden a Rachid que les haga una foto con el taxi. Ensayan sus escasas palabras en árabe cada vez que tienen ocasión.
Por ejemplo, cuando Rachid les pregunta, haciendo una carantoña al único que está despierto de los dos bebés mientras gira en una rotonda, si hay o no hay, dentro de los jardines, un café donde se puedan tomar zumos, jus d’orange.

—Ohhhhhh, ouiiiii, mziiiiian!!! ¡Bonito, bonito! —exclaman, quitándose la palabra el uno al otro—. ¡Hay un café precioso, a la sombra! Muchos zumos. ¡Qué hermosa ciudad tiene, señor! ¿Ha estado en los jardines, verdad? ¿Le gustan? ¡Son tan hermosos! ¿Cómo se llama, señor?

—Rachid Benkiran —dice orgulloso Rachid, el taxista—. Sí, sí, los jardines Majorelle son magníficos. Lo más bonito de la ciudad. ¿Qué es lo que más les ha gustado de los jardines, por cierto? —se le ocurre preguntar—.

—¡Los cactus! —se alegran al unísono los dos franceses—. Mzian bsef! ¡Muy, muy bonitos!

—¡Los hay que son enormes, y vimos uno que tenía una inmensa flor naranja en el borde de una rama rota, y otro con unos pinchos tan gordos como lápices, y uno más que tenía una grieta por la que salía un jugo blanco! —añade ella, mientras el segundo bebé, despierto no se sabe muy bien si por los baches, el calor, los cantos de Oum Khaltoum en la radio o los gritos de su madre, se une al guirigay con sus balbuceos de pájaro.

Cuando los deja frente a la estación de tren, Rachid, el taxista, se siente alegre. Aunque él es más bien introvertido, le gusta la gente que charla. Sonríe con toda su boca que demasiado azúcar en los tés va dejando con cada vez menos dientes, haciéndoles con la mano un gesto gracioso a los bebés. Aunque el taxímetro marcaba 5,60 dirham, se lo ha dejado en cinco. Sabe que no es fácil lo de tener bebés, con todas esas ropitas que hacen falta de pronto, y las vacunas, y esa gana que tienen siempre de comer más.

Además, hoy es un día de suerte. Casi inmediatamente, un chico le hace seña para subirse al taxi.

A los que son como éste, Rachid, el taxista, los conoce bien.

—Lléveme a un sitio bonito, donde usted quiera, algo auténtico, que le guste a usted —dice, emocionado, el chaval, que se sienta junto a él en el asiento del copiloto y no quiere ni siquiera dejar en el maletero la enorme mochila deportiva que le acompaña.

Rachid, el taxista, lo tiene claro.

—¡Ah! Pues te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. El más bonito de la ciudad. Los Jardines Majorelle, ¿los conoces?

El chico saca del bolsillo delantero de la mochila las fotocopias arrugadas de una guía Lonely Planet.

—“Jardín Majorelle”—lee en voz alta—. “Este magnífico jardín, bastante pequeño, acoge el taller del pintor Jacques Majorelle, que vivió aquí desde 1942 para curar su tuberculosis. Tras su muerte, el modisto Yves Saint Laurent y su compañero Pierre Bergé adquirieron y restauraron el lugar. Es hoy un lugar lleno de poesía…”

Eso, eso, ese es —interrumpe Rachid—. Es magnífico. Tiene árboles altísimos que dan mucha sombra, y una fuente a la entrada. También hay un café que sirve unos zumos que no hay ni en París ni en Nueva York ni en ninguna parte. Pero lo mejor de todo —revela, con los ojos mostaza clavados en los del mochilero y el tono de quien hace una confesión— son los cactus. Hay cactus de todos los colores: azules, verdes, naranjas. Algunos escupen un líquido blanco, y otros tienen flores gordas como ramas. ¡Los hay que son tan grandes que se puede echar la siesta a la sombra de sus pinchos, que alguna gente usa como lápices!

La calle de acceso al jardín está cortada. Esta ciudad es así: aunque hayas estado en un sitio hace un rato, nunca sabes como te lo vas a encontrar la próxima vez. Rachid, el taxista, ni se inmuta. Ahora, para llegar a la puerta, tiene que ir bordeando toda la muralla del jardín. Está hecha de adobe rosa, como todo, y por encima de sus altas almenas sobresalen palmeras, cocoteros, buganvilias. El chico dice que le deje ahí, que le da igual. Rachid, el taxista, no revisa si le ha dado o no correctamente los 7,20 dirham que marca el contador.

Aunque ya va teniendo que echar gasolina, decide acabar de dar la vuelta a la muralla del jardín antes de irse. Sube un poco el volumen de la radio para ver si le van a pillar atascos cuando vuelva a su barrio. Aunque si todo va bien, serán sólo tres cuartos de hora de camino desde allí. Además, ya va haciendo menos calor, y, qué diablos, hoy ha sido un buen día.

Sobre la muralla del jardín Majorelle se ve volar en círculos a una pareja de cigüeñas.

—¡Este es el lugar más magnífico de la ciudad! —dice Rachid, el taxista, como si alguien le estuviera escuchando.

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