Lo que piensan las marroquíes, lo que piensan las árabes y lo que ya no sabe una que pensar

Hace unos días que una extraña polémica sacude (a su extraño modo también) este país.

La cosa vino de la mano de un reportaje en la revista Tel Quel, generalmente considerada como el único signo digno de algo así como un periodismo independiente en Marruecos.

Tema de portada, el reportaje se presentaba así: “LAS MARROQUÍES VISTAS POR LOS ÁRABES. ¿En dos palabras? Brujas o prostitutas”.  En la foto, tres chicas vestidas a la occidental (bueno, a la occidental y como para ir de boda) charlan con dos señores con pinta de jeques que se pasean en carrito de golf por lo que parece un recinto ferial o un hipódromo. “He aquí el cliché grosero en el que en Oriente Medio encierran a nuestras mujeres. Investigación sobre un prejuicio nacional”.

Igual es interesante que precise desde ya que el artículo está firmado por dos mujeres. (Una no me suena, pero la otra es una experta en música que formó parte de uno de los pocos grupos de rock de chicas del país.El collage se enreda, como veis.)

Ya dentro de la revista, otro fotón: dos mujeres cubiertas con sendos chadores (pero chadores de los de lujo, de los que se ven en los aeropuertos y se combinan con bolssos de Gucci y joyas traídas de París), en lo que parece el mismo hipódromo-o-recinto-ferial, miran sin discreción ninguna a una joven que pasa. De espaldas, sólo sabemos que tiene el pelo rubio , un vestido muy blanco, muy corto y muy brillante y unos diez centímetros de tacón plateado. El pie de foto reza: “en los países del Medio Oriente, mayoritariamente despóticos, la imagen de una mujer liberada se asocia forzosamente al erotismo”.

El tema: parece ser que en una serie kuwaití de animación, “Bouktada et Abou Nabil”, se emitió un episodio cuyo argumento era algo así como que un grupo de amigotes llegan a Agadir desde Kuwait y, tras ser estafados por un aduanero, se tropiezan con dos damiselas que les llevan a tomar té, les hacen caer en un hechizo, y lo siguiente que se sabe es que las  legítimas esposas de los mendas tienen que llegar al rescate en vuelo directo desde el emirato para recuperar lo que es suyo (en torno al minuto cuatro de este vídeo podéis ver la escena de seducción, que desde luego, a mi entender, tiene más de Aladdin que de South Park). Las y los marroquíes que lo ven por youtube, enfurecidas por la caricatura ésta de que son “ligeras de cascos, dadas a la brujería y la corrupción” (dice TelQuel), empiezan a protestar: en blogs, en facebook, por aquí y por allá.  Antes de que la serie pueda seguir avanzando, piden que se les den disculpas oficiales y hasta que se expulse de Marruecos al embajador de Kuwait. El propio ministro de asuntos exteriores del país del Golfo acaba por sacar un comunicado en el que “expresa su vivo arrepentimiento” por las andanzas de los dibujitos.

Total: que se monta gorda. TelQuel saca el reportaje en cuestión, ahondando en el trasfondo del caso, y todos los periódicos empiezan a hacerse eco. Es un arquetipo clásico, al fin y al cabo: “se ha manchado la honra de nuestras hijas y los culpables no quedarán impunes”. Pero en versión nacional y con ellas llevando los estandartes.

Y el asunto es que los llevan de una manera rarísima, porque el texto lo que hace es recoger los clichés mas extendidos que tienen los árabes de las marroquíes y ver de dónde salen y cómo han llevado al jaleo de los dibujitos animados hechicero-ligones.

Así que repasan la historia de las mujeres de Marruecos que desde los años 80 emigraron a Dubai y otras grandes ciudades con la idea de hacer dinero y estrategias que no excluían la prostitución, para llegar a una serie de testimonios de jóvenes de hoy, que se van por otras vías (en general como ejecutivas de grandes empresas) pero siguen sufriendo el tópico. “Marroquí no es una nacionalidad sino una profesión”, dice una. “Al cabo de unos meses, dejé de ver a las chicas de mi promoción que habían venido también a probar suerte. Tenían claramente otras ambiciones que el ganar dinero con el sudor de su frente. Entre las que se regalaban coches de lujo, las que se hacían mantener por emiratíes o las que se casaban con el primer rico que aparecía, decidí cortar los lazos para que no se me asociara con ellas y empecé a juntarme con gente de Filipinas”, relata otra. Las redactoras, por su parte, nos cuentan que las prostitutas argelinas y tunecinas se hacen pasar por marroquíes para cobrar más y que en las películas consideradas ligeras, los productores prefieren actrices de este país; o que cada vez es más difícil para una marroquí conseguir un visado para uno de estos países y, según denuncia desde Rabat  el partido islamista PJD, hasta las solicitantes del trámite para ir a peregrinar a La Meca lo tiene difícil si son chicas jóvenes y guapas.

En la misma onda, incluye una pequeña revisión de textos que relacionan a las marroquíes con la magia negra. Con cierto orgullo, diría yo incluso: como “un estereotipo alimentado por una leyenda muy nuestra”, que se presenta como opuesto a la “ortodoxia de costumbres” de los primos del Este, que castigan la hechicería con la pena de muerte.

El artículo, que revela que hay en torno a 100.000 mujeres marroquíes emigradas a países del Golfo, continúa exponiendo la idea de que “mujer marroquí” se ha convertido en una “marca registrada”: “su imagen se asocia a la libertad, al erotismo. Ella es la occidental del mundo árabe”. Luego pega un giro para sugerir que todo esto ocurre simplemente (y pese a todo lo dicho antes) porque “al contrario que las mujeres saudíes, ellas salen, trabajan, existen y no se cubren de la cabeza a los pies”. Fuego cruzado, vaya. Ahí empieza otra línea del asunto: “el tópico sobre las costumbres de las marroquíes vendría pues del conservadurismo de nuestros vecinos”.

(Curiosamente, el reportaje no recoge otro hecho ocurrido casi a la vez en tiempo y espacio que el tema de la serie, y que habría venido muy al caso: a mediados de agosto, Wajiha Al-Howeidar, escritora saudí a la que por estos pagos se considera feminista, publicó la carta abierta de una emiratí al ministro marroquí de justicia, en la que ésta se quejaba de que su marido la había abandonado, y de paso a sus tres hijos, para casarse con una mujer marroquí. Con las firmas de no pocas otras que andaban en las mismas, la carta acaba por convertirse en casi un manifiesto que por ahí anda rodando, con el que las saudíes se quejan de una supuesta tendencia creciente entre sus maridos, que, por lo visto, tienen cada vez más costumbre de, amparados en la posibilidad de la poligamia, engañar a la nostalgia con matrimonios temporales en el Magreb cuando vienen de negocios.)

Grosso modo, ése es el tema. Aquí tenéis el reportaje entero online -en francés-, por si  os apetece profundizar. Sólo os avanzo cómo termina: “Heridas en su ego, las marroquíes lloran la imagen que dan aunque son quizá las primeras culpables de ella”.

Yo, al acabar de leerlo, no tengo la menor idea de qué pensar. Con el regusto de la polémica y mi propio desconcierto, no sé ya ni quién ataca a quién, ni quién es la víctima de qué, ni quién mueve a quién, ni quién está cambiando a su antojo el significado de las cosas y de las palabras. Ni a quién echar la culpa de nada ni a quién ir a pedir cuentas. No sé de dónde vienen las piedras ni hacia dónde van, por más que vea que están, que siguen, cayendo; no sé si es que se mueve algo o que todo está muy quieto.

Me he perdido y me duele la cabeza de tanta guerra de sexos y tanta guerra de hermanas y tanta guerra, y tanta guerra, y tanta guerra que librar.

Y ellos con tanto miedo y tan torpes.

Y tan torpes y con tanto miedo nosotras.

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